enrique lores
Discurso de Enrique Lores
Doctor honoris causa UPV
Señor magnífico rector de la Universidad Politécnica de Valencia, ilustrísima señora secretaria autonómica de Universidades, señor padrino y director de la Escuela de Ingenieros Industriales, señores y señoras vicerrectores, compañeros y amigos de HP, señores y señoras claustrales, autoridades, miembros de la comunidad universitaria, familiares y amigos, mamá, señoras y señores:
Gracias, Ángel, por la amable y muy generosa introducción. Realmente has conseguido ponerme completamente colorado. Es un placer volver a estar aquí con la comunidad de la Universidad Politécnica, sobre todo en un día como hoy.
Cuando hace unos meses me comunicaron el nombramiento, busqué la lista de personas que habían recibido este honor anteriormente. Estar en la misma lista que líderes como Adolfo Suárez, empresarios como Juan Roig, científicos como Santiago Grisolía, genios culinarios como Ferran Adrià o grandes artistas como Montserrat Caballé me llenó de satisfacción y orgullo, pero también me hizo preguntarme si había hecho méritos suficientes para unir mi nombre al suyo. Me costaba ver qué teníamos en común.
Después de mucho pensar, me di cuenta de que sí teníamos algo parecido. Cada uno, en facetas muy diferentes y con impactos también muy distintos, habíamos tenido la suerte de vivir una gran aventura en nuestra vida. Habíamos podido hacer realidad sueños que, en algún momento, podían haber parecido imposibles.
Yo me siento muy afortunado por la suerte que he tenido en mi aventura y también enormemente agradecido por el apoyo que he recibido de tantas personas que me han ayudado a llegar hasta aquí. Muchos de vosotros estáis hoy aquí, así que permitidme empezar dándoos las gracias a todos.
Hoy tengo el privilegio de liderar una de las compañías de tecnología más grandes del mundo, que, por supuesto, tiene la ambición de seguir creciendo, desarrollando nuevas tecnologías y productos. Emplea a casi 60,000 personas y es una de las marcas más reconocidas mundialmente.
Sin embargo, lo que hace mi trabajo realmente especial es que creemos que, además de crecer, es necesario hacerlo de una manera que tenga un impacto positivo en las personas, en el medio ambiente y en las sociedades donde operamos. Creemos que debemos usar nuestros productos para reducir barreras, no para crearlas. Poder hacer esto a escala global es una oportunidad única, algo que era imposible de imaginar cuando asistía a clases de álgebra o física en mi primer año de carrera.
Si esto ha sido posible, es gracias a los años que pasé en el Politécnico. Además de un sinfín de aprendizajes, de los que hablaré luego con algo más de detalle, me llevé dos cosas muy especiales que ocurrieron al principio y al final de la carrera.
En mi primer año conocí a una estudiante llamada Rocío, una de las muy pocas mujeres en nuestro curso. Era inteligente, muy trabajadora y, sobre todo, muy organizada. De hecho, la mitad de la clase estudiaba con sus apuntes. Hoy, 41 años después, sigue siendo mi compañera de aventuras. Juntos hemos explorado el mundo, a pesar de que ella siempre decía que nunca se iría de Valencia. Juntos hemos construido una familia de la que nos sentimos tremendamente orgullosos y sin la cual la aventura no estaría completa.
En mi último año de carrera conocí a un grupo de ingenieros de HP que vinieron a la escuela para ofrecer un programa de becas de verano. Venían de San Diego. Para muchos de ellos era la primera vez que se ponían un traje y unos zapatos. Compartieron con nosotros por qué amaban su trabajo y, sobre todo, impresionaba la pasión con la que hablaban de sus diseños y de cómo mejoraban la vida de sus clientes. Parecía que las impresoras que diseñaban iban a resolver todos los problemas del mundo.
Ese entusiasmo, unido a la posibilidad de pasar un verano en California, me empujó a presentarme al programa de becas. Desde entonces, HP también ha sido una gran parte de mi vida.
Pero ahora dejadme que explique cómo empezó realmente esta aventura. Decidí estudiar la carrera de Industriales poco antes de que se cerrara el plazo de matrícula, en septiembre de 1983. Siempre había tenido curiosidad por construir cosas y entender cómo funcionaban. Seguramente fui influido por la experiencia de mi abuelo. Él tenía una gran creatividad y le encantaba inventar cosas: barcos con grandes aspas, sillas de playa, rótulos móviles, pero, al ser abogado, nunca logró que sus inventos funcionaran del todo.
Mi padre era médico, así que también sentí cierta presión para seguir sus pasos, aunque curiosamente él siempre me impulsó a ser ingeniero porque lo veía como una opción más segura. A mí me encantaban las matemáticas, pero en esa época, muy diferente de la actual, era una carrera que parecía no tener demasiadas salidas. Siempre me interesó el mundo de los negocios, y acababa de leer un libro sobre el presidente de Chrysler que me fascinó por cómo había transformado la empresa. Después de mucho pensarlo, Industriales me pareció la mejor y más equilibrada de las opciones.
Mirándolo en perspectiva, fue una buena decisión. En el Poli aprendí los principios científicos y técnicos fundamentales que me permitieron enfrentarme a cualquier avance tecnológico sin temor alguno. Cuando entiendes bien los principios básicos, es posible comprender cualquier otro desarrollo. Aprendí a resolver problemas de manera estructurada, y he comprobado que este método funciona tanto para resolver un problema de electrotecnia o mecánica de fluidos, como para decidir en qué negocios invertir o no.
También aprendí a planificar mis actividades y a aprovechar hasta el último segundo de tiempo, siempre intentando hacer algo más. Durante los años de carrera fui elegido representante de los alumnos en los órganos de gobierno de la universidad. Eran años de cambios, en los que se crearon los departamentos y se empezaron a debatir planes de estudio más modernos. Esa experiencia me enseñó la importancia de escuchar, de comunicar mis ideas y de, poco a poco, ganarme la confianza de personas con mucha más experiencia que yo. Aprendí que decir pocas cosas, pero bien pensadas, puede marcar la diferencia. Incluso llegué a ser parte del grupo de dirección de la huelga estudiantil de 1986, una experiencia muy útil, sobre todo ahora que suelo sentarme del otro lado de la mesa.
Después de seis años de estudios y de entregar el proyecto final, me incorporé a HP como becario en el centro de San Diego. Tuve la suerte de entrar en HP en un momento de tremendo crecimiento. Si hacías bien tu trabajo y mostrabas interés por aprender cosas nuevas, las oportunidades iban surgiendo.
Gracias a estas oportunidades, pude desarrollarme pasando por casi todos los departamentos, funciones y negocios de la empresa. He tenido la oportunidad de desarrollar tecnologías punteras y, después, hacerlas obsoletas con nuevas generaciones de productos. He lanzado productos tremendamente exitosos y otros que no han funcionado, pero que nos han ayudado a aprender y mejorar. He montado fábricas y he cerrado fábricas. He comprado empresas y vendido empresas. He manejado pequeños negocios de alto crecimiento y reestructurado grandes negocios que habían dejado de crecer.
Todo esto me ha ayudado a desarrollarme a lo largo de los años, primero como ingeniero y luego como directivo. De manera que, casi exactamente 30 años después de haber empezado, fui nombrado presidente y CEO de la compañía. Durante este tiempo he podido recorrer el mundo, viendo de primera mano las diferencias económicas y culturales, y aprendiendo de personas con gran experiencia y valores que siempre me han ayudado a crecer.
Esto me ha permitido desarrollar un estilo de liderazgo propio. No diré que sea mejor ni peor, pero es el que a mí me ha funcionado y en el que todavía me apoyo cada día. Este estilo se basa en cuatro grandes principios:
El primero es que siempre hay que empezar soñando adónde quieres llegar, lo que realmente quieres conseguir, sin limitarte por lo que hoy piensas que es posible o que sabes hacer. Si te dejas llevar por la imaginación y luego construyes los planes para llegar allí, estoy convencido de que, como mínimo, siempre llegas mucho más lejos. En el caso de una empresa, este sueño debe ser más relevante que un objetivo financiero u operativo. Es importante buscar un propósito superior que realmente tenga un impacto en las personas. No es lo mismo intentar vender un millón de peces en la India que trabajar con el Ministerio de Educación para diseñar un modelo de enseñanza que necesite la incorporación de tecnología. El impacto externo e interno es muy diferente, y también lo es el nivel de motivación para el equipo.
El segundo principio es tratar a las personas con respeto y siempre pensar que están intentando hacer lo mejor que saben o pueden. Pero también hay que ser exigente y asegurarnos de que hacen su trabajo con rigor y profundidad. En inglés lo resumo diciendo: soft on people, tough on problems. Para conseguir esto, es fundamental construir una relación de confianza y cercanía que haga que las personas nos sigan y crean en lo que queremos conseguir. Mi experiencia es que cuando lideras con transparencia y empatía, construyes equipos que pueden superar cualquier desafío. Además, siempre hay que recordar que el rol más importante del directivo es asegurarse de que el equipo tenga a su disposición los medios y conocimientos necesarios para tener éxito.
El tercer principio es intentar hacer que la compañía siempre mire hacia afuera, especialmente hacia dónde se mueve el mundo. Es esencial entender lo que los clientes realmente necesitan, estudiar lo que ocurre en el entorno, en la competencia y en los centros de investigación de las universidades. Esto nos ayudará a anticipar el cambio y convertirlo en una oportunidad.
Finalmente, el cuarto principio es ser optimista, incluso en los momentos más complicados. El optimismo es fundamental para ver los cambios como oportunidades y, sobre todo, para que un equipo se sienta motivado a seguirte.
He aprendido que estos principios ayudan en cualquier situación, y especialmente en periodos de cambio como los que estamos viviendo estos años. Estamos viendo cómo, al mismo tiempo, cambian las reglas del mercado, la coyuntura internacional y, sobre todo, lo que la tecnología puede hacer por nosotros.
Dejadme reflexionar sobre este punto unos minutos. El impacto que la inteligencia artificial va a tener en los próximos años será uno de los más fundamentales que hemos vivido. El progreso humano se basa en un proceso muy sencillo: analizar datos, transformarlos en información y luego convertir esa información en conocimiento. La tecnología, durante los últimos 50 años, ha consistido en simplificar y acelerar este proceso de manera progresiva. Los ordenadores permitieron el acceso y manejo sencillo de una gran cantidad de datos, por lo que la creación de información se simplificó y aumentó radicalmente. Internet facilitó el acceso y la distribución instantánea de toda la información generada, desde cualquier lugar del mundo y de manera acelerada a través de las redes.
Y ahora, la inteligencia artificial acelera el último eslabón de esta cadena de generación de conocimiento. Es capaz de analizar información, sintetizarla y poner todo el conocimiento previamente generado en el mundo a disposición de cualquier persona, en cualquier situación y lugar. Y además hacerlo de una manera adaptada al contexto en el que se necesita. Es como si, a partir de ahora, al tomar una decisión, tuviéramos al mayor experto del mundo susurrándonos al oído.
Esto va a tener un impacto fundamental en nuestras vidas: cómo trabajamos, cómo aprendemos y cómo nos desarrollamos. Permitirá que en cualquier trabajo nos podamos centrar en las actividades de mayor valor añadido, que dejemos de gastar tiempo en tareas rutinarias, que podamos hacer cosas mucho más rápido y con mucho más impacto, y que podamos tomar cualquier decisión habiendo accedido a todo el conocimiento relacionado con ese tema.
El miedo que tenemos hoy a esta tecnología es parecido al que tendría un agricultor en el siglo XVII si le explicaran que su trabajo iba a ser reemplazado por máquinas, o incluso a un ingeniero de mediados del siglo pasado si le dijéramos que la regla de cálculo iba a ser sustituida por una cajita con botones. Es importante mirar esta transformación con optimismo, anticiparse a ese cambio, diseñar objetivos ambiciosos y empujar hacia adelante para progresar. Esto aplica a una empresa, a una universidad o a un país.
Liderar HP ante este fascinante cambio será el siguiente capítulo de mi aventura.
Voy a finalizar con una última reflexión: la vida es una aventura en la que hay que aprovechar cada oportunidad, sobre todo para aprender. Además, debemos pensar que podemos conseguir todo lo que nos propongamos, esforzarnos para lograrlo y, además, disfrutar del camino. Yo he tenido la suerte de poder hacerlo, y os animo a todos a hacer lo mismo, especialmente a los que hoy recibís el título de doctor.
Dejadme aprovechar este momento para daros mi más sincera enhorabuena. Finalmente, quiero acabar dando una vez más las gracias a todos los que habéis estado conmigo en esta aventura: a Rocío, a mis hijos, que han venido desde diferentes partes del mundo, y a los familiares y amigos que siempre estáis a mi lado. Y una vez más, agradecer a la dirección de la escuela y de la universidad por este gran detalle conmigo.
Muchas gracias.