cristina garmendia
Discurso de Cristina Garmendia
Doctora honoris causa UPV
La generación nacida en 2008 está preparando estos meses la PAU, la prueba de acceso a la universidad.
Aquel año, a las pocas semanas de haber tomado posesión como Ministra, inicié una ronda de visitas a los campus españoles para debatir en cada claustro -también este- el proceso de adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior -el llamado proceso de Bolonia-. Diseñábamos entonces la universidad en la que van a estudiar ahora aquellos niños.
Justo aquí, en Valencia, al principio de la gira, me sucedió una anécdota que podría considerarse mi “bautismo” político y que no puedo evitar recordar en un día como hoy.
Al finalizar la sesión, me esperaban en la puerta un grupo de jóvenes, críticos con la reforma, con los que el entonces DG de Universidades – mi querido Felipe Pétriz y yo mantuvimos una conversación tranquila, reivindicativa y constructiva.
Al día siguiente la prensa local se hizo eco de la protesta, destacó los abucheos -que debieron ocurrir mientras yo estaba reunida, porque a la salida no los escuché- e incluso llegó a publicarse, falsamente, que tuve que abandonar el campus por la “puerta de atrás”.
Así que hoy, agradezco esta calurosa bienvenida -también hubo quién nos aplaudió aquella tarde en 2008. Así es que me tomo el amable recibimiento, no como un agasajo, sino como una responsabilidad adicional, en un día el que siento el honor profundo de ser reconocida por una institución que admiro mucho y que representa, como pocas, el poder combinado de ingenierías, ciencias naturales y sociales y humanidades para comprender y mejorar el mundo.
Aquí conviven y cooperan expertos capaces de trabajar en tecnologías de frontera con investigadores en economía, derecho, política y otras disciplinas que ayudan a entender cómo el desarrollo tecnológico interactúa con las personas, con las organizaciones y con la cultura. Y ese enfoque multi e interdisciplinar es imprescindible para conducir el progreso de la civilización, pero también para evitar su retroceso.
Tristemente, en el momento que vivimos, es inevitable pensar que ambos caminos son posibles. Lo que, desde luego, resulta inverosímil es sostener una visión estática del mundo y, sin embargo, esa interpretación de la historia, como una realidad inmutable -o, como mucho, cíclica-, dominó el pensamiento occidental hasta tiempos bien recientes.
Fue el filósofo Francis Bacon, hace poco más de cuatro siglos, el primero que analizó con cierta profundidad la idea de “progreso de las naciones” y fue el primero en señalar inequívocamente la relación entre conocimiento, poder político y desarrollo económico.
Las ideas de Bacon fueron condensadas por su discípulo Thomas Hobbes en el aforismo, “Conocimiento es poder”, formulado originalmente en latín, Scientia Potentia est en una obra publicada en 1658.
La cita de Hobbes es muy conocida, pero las observaciones que condujeron a su maestro a llegar a esa conclusión no lo son tanto.
Bacon no escribió solo desde la contemplación filosófica. También fue un hombre de Estado, ocupó el cargo de Canciller de Inglaterra, equivalente a un ministro de asuntos exteriores, y escribió muchas de sus reflexiones, algunas rayando la obsesión, intentando comprender el éxito de su mayor rival, la potencia hegemónica del momento: el imperio español.
Bacon dedujo que los viajes y conquistas hispanas no habrían sido posibles sin el dominio de las “tecnologías profundas” de la época – si me permiten la expresión-: la astronomía, la cartografía, la navegación, la construcción naval. Y de esta observación, del reconocimiento de la debilidad tecnológica de su propio reino, emana su doctrina.
Se entiende así que eligiera para la portada de su obra más famosa, el Novum Organum, una imagen muy ibérica: las columnas de Hércules, los límites del mundo clásico, que la mitología situaba en el estrecho de Gibraltar, atravesadas por un navío que se aventura más allá. Ese barco representa el conocimiento científico que rompe fronteras.
Durante los últimos veinticinco años he tenido el privilegio de trabajar en distintos ámbitos —desde la ciencia empresarial hasta la política pública y la reflexión sobre la innovación— intentando transmitir una idea muy sencilla: que la ciencia tiene valor en sí misma, aun cuando no es aplicada, como bien público y patrimonio cultural, y que además es una extraordinaria palanca de desarrollo económico y social.
Pero debo confesarles que, después de tantos años defendiendo esta idea, empiezo a preguntarme si no deberíamos cambiar el relato. Convendría revisitar a Bacon y hablar más abiertamente de la ciencia como instrumento de poder político.
No porque esa sea su única función —ni siquiera la más importante—, sino porque es, seamos sinceros, la obsesión de todos los gobiernos en todas las épocas.
Los seres humanos investigamos por muchas razones:
• Investigamos por curiosidad, porque queremos entender el mundo.
• Investigamos por ambición, porque aspiramos a generar riqueza y bienestar.
• Pero también investigamos por temor.
Las ideas de Bacon nacieron en buena medida del miedo a un imperio español que parecía invencible.
Y, sin embargo, aquellas reflexiones contribuyeron a sentar las bases intelectuales de un país que acabaría liderando sucesivas revoluciones científicas y tecnológicas.
Es una lección histórica que no deberíamos olvidar justo ahora, cuando la ciencia vuelve a ocupar el centro de la escena geopolítica.
La inteligencia artificial, la biotecnología, la computación cuántica, las nuevas energías, el espacio… son las deep tech, las tecnologías profundas de nuestro tiempo. Y quienes lideren esas tecnologías liderarán también, inevitablemente, el futuro económico y político del mundo.
Y en todas estas disciplinas la UPV tiene formación excelente, grupos de investigación de frontera, propiedad industrial de gran valor y spin offs exitosas, que han contribuido a situar a esta entidad como institución líder en el ranking universitario de patentes -enhorabuena también por esto-.
Pero si algo distingue a la UPV de otras instituciones académicas similares—y esto me parece especialmente relevante— es que ha entendido algo que a veces olvidamos: la tecnología no transforma el mundo por sí sola. Necesitamos comprender también cómo se adopta, cómo se regula, cómo se integra en nuestras economías y cómo cambia nuestra vida.
Departamentos como el de economía y ciencias sociales, que amablemente me ha propuesto para este honor, o Institutos como Ingenio (CSIC UPV) llevan décadas analizando precisamente estos temas: la economía de la innovación, su relación con el desarrollo territorial, la gobernanza de los sistemas científicos y tecnológicos o el impacto social de la investigación pública.
Queridos amigos,
Cuando pensamos en el origen de la ciencia moderna solemos citar a Francis Bacon.
Pero precisamente aquí, quizá deberíamos recordar que algunas de sus ideas ya estaban presentes unas décadas antes en la obra de un humanista valenciano extraordinario: Juan Luis Vives.
En su obra De disciplinis, publicada en 1531 -120 años antes del aforismo de Hobbes-, Vives criticó duramente el conocimiento escolástico heredado de la Edad Media y defendió algo que hoy nos parece sorprendentemente moderno: que el conocimiento debía basarse en la experiencia, en la observación y ponerse al servicio de la sociedad.
Es decir, defendió la idea de que el saber debía servir para comprender el mundo… pero también para transformarlo. No pensaba entonces en términos de “Poder político” como hizo Bacon más tarde, sino en un fin más abstracto y elevado: el “desarrollo humano”.
Scientia ad utilitatem vitae humanae referenda est
El conocimiento debe referirse a la utilidad de la vida humana.
Décadas más tarde, Francis Bacon desarrollaría ese mismo espíritu reformador del conocimiento, con un enfoque más pragmático y utilitarista, más anglosajón sin duda, y lo convertiría en uno de los fundamentos de la ciencia moderna.
Las obras de Vives circularon ampliamente en universidades como Oxford y Cambridge durante el siglo XVI. No hay manera de saber si Bacon las leyó, pero es muy probable que parte del impulso intelectual que acabaría alimentando el empirismo inglés pasara antes por Valencia.
Bacon y Vives, en todo caso una misma intuición:
que el conocimiento no debía limitarse a contemplar el mundo,
sino a expandir sus fronteras y a encontrar, en él, nuestro lugar.
Me atrevo a sintetizar el mensaje de ambos pensadores en un único lema.
Scientia, ut potentia, ad utilitatem vitae humanae referenda est. “El conocimiento, como poder que es, debe orientarse al bien humano.”
Queridos amigos,
Hoy, si queremos tener voz propia en la arena geopolítica— si queremos contribuir a que Europa recupere su voz— necesitamos liderar la ciencia de frontera.
No para conquistar territorios ni para edificar imperios: las conquistas que defendemos son sociales y el imperio es el de la ley, el del derecho internacional construido durante décadas y volatilizado en cuestión de meses.
La lucha contra el cambio climático y la construcción de sociedades más democráticas, justas e inclusivas… son retos globales urgentes que, sin el liderazgo europeo, pueden quedar huérfanos: liderazgo político, científico y económico, por supuesto, pero también cívico.
Y quiero referirme ahora a este último, recordando nuevamente a Luis Vives: siendo éste profesor en lugares como la Sorbona o Lovaina, su crítica a las instituciones universitarias que se encierran en sí mismas también resulta tristemente contemporánea.
Su idea de “desencerrar el ingenio”, de entender la educación como un modo de desarrollar el potencial del individuo en todas sus dimensiones resulta también pertinente. Ahora que la IA promete transformarlo todo, merece la pena repensar la misión universitaria, también en cuanto a la docencia: y no sólo para formar a los profesionales del futuro, sobre todo para formar ciudadanos libres, responsables y felices.
Alegrémonos pues,
mientras seamos jóvenes.
Reza el himno universitario, pero a veces da la sensación de que la juventud no encuentra hoy tantos motivos para alegrarse.
Muchos chicos y chicas parecen mirar al pasado con nostalgia.
Un pasado idealizado.
Un pasado que, en ocasiones, se presenta como más seguro, más estable o comprensible que nuestro presente.
A veces incluso vemos cómo los jóvenes adoptan posiciones más conservadoras o más dóciles que las de sus propios padres.
Confieso que esto me inquieta. Prefiero una juventud contestataria antes que una generación apática y acrítica -aunque esto nos cueste algún abucheo inmerecido, como aquella tarde de 2008-.
Quiero pensar, de hecho, que nuestros jóvenes no están callados, que simplemente no estamos siendo capaces de escucharlos, quizá porque nos hablan en otros códigos o en otros canales.
Un discurso solemne quizá no sea el formato más adecuado para dirigirme a ellos, pero voy a intentarlo, en todo caso, como cierre de mi intervención.
Queridos jóvenes
Apuesto por un futuro incierto, en el que vosotros llevaréis las riendas, seguro que lo haréis mejor. Prefiero arriesgarme con vosotros a que “la historia se repita varias veces”, como cantaban los Nikis con sorna, cuando la juventud era nuestra.
Es cierto que el pasado tiene algún momento extraordinario del que podemos aprender, en el que podemos inspirarnos, pero también momentos muy oscuros, que no debemos olvidar, pero solamente para no repetirlos.
He rescatado hoy esa imagen del Novum Organum sin nostalgia imperialista. Lo he hecho sólo por su validez actual y como inspiración para el futuro, para aquellos alumnos de 2008 que luchaban -a su manera- por mejorar su universidad-, para los que se examinarán exitosamente, o no, de la PAU en unos meses y para los universitarios que aún no han nacido.
Porque el conocimiento -antes estrictamente humano, ahora hibridado con algoritmos, siempre colectivo- sigue siendo, como entonces, y seguirá siendo la fuerza más poderosa que tenemos para transformar nuestras sociedades. E instituciones como la Universidad Politécnica de Valencia son el puerto del que zarpan esos barcos dispuestos a cruzar los límites de lo conocido.
Muchas gracias.